Has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos
has terminado sola
lo que nadie comenzó.

ALEJANDRA PIZARNIZ.

lunes, 7 de marzo de 2011

MPYA WA DUNIA


Lo cierto es que la micronación se encuentra en un 3º piso de la Quinta Avenida. Si vamos hacia el oeste nos encontramos con la avenida de las Américas donde en los postes de la luz resaltan los escudos de todas las naciones del Nuevo Mundo. Pero todo esto nos da igual. Estamos, como he dicho, en un 3º piso de la Quinta Avenida, dejando al sur a Central Park. Un padre, una hija y un gato claman por su soberanía. Ni países imaginarios, ni sectas, únicamente una micronación donde los pasaportes están junto al teléfono, los sellos en la cocina y las monedas sobre los zapatos de los domingos. Saben que Bonaparte se exilió a la isla de Elba y lucho por conseguirlo, ellos sólo necesitan perfeccionar el idioma.

Los vecinos de la comunidad están asustados porque piensan que esa necesidad de crear una declaración de independencia les va a causar problemas. El padre, Thomas, le recuerda vagamente a Thomas Jefferson aunque no entienden muy bien cuales han sido las razones que les han llevado a semejante planteamiento. Deciden convocar una reunión esa misma tarde a las 19,45h. Para llamar a la policía, temen que vengan los cascos azules de la ONU y que esto se complique aún más. Aunque saben que la Ley de Propiedad Horizontal de la comunidad no estaría de su parte porque sólo regula los espacios comunes y la verdad, ellos nunca han intentado asaltar el parque infantil ni atrincherarse detrás de los rosales, aún así, los estatutos internos les dan derecho a mediar en caso de un conflicto de intereses y en esta ocasión ya están cansados de los maullidos del gato, de que les hagan perder el tiempo a través de los visillos de sus ventanas y de que cuando se ponen a hablar padre e hija no entiendan absolutamente nada de lo que dicen.

- ¿Y qué podemos hacer? Cómo esto continúe así nos vamos a tener que marchar de aquí. Comienzan con su piso y vete tú a saber hasta donde quieren llegar. Yo estoy horrorizada. Tengo miedo. No sé que decir.
- Yo opino igual, esto se nos puede ir de las manos si no tomamos algún tipo de media. No me fío de ellos. Thomas siempre mira de reojo y la niña hacia el suelo, estos comportamientos no son normales. Y el gato, por muy gato que sea está gordo y no sabemos de que se alimenta, o de quien. No puedo seguir hablando.
- ¡Calmaos! Tal vez estemos exagerando. Tenéis que tranquilizaros, quizá veamos lo que no es, simplemente es una familia que ha decidido no salir a la calle, ¿qué tiene eso de malo?
- Yo, como el presidente que soy, pienso que si actúan así puede ser porque estén locos, no sabemos si alguno de ellos tiene algún tipo de enfermedad mental. Pueden ser bastante peligrosos. ¿Con qué tranquilidad vamos a dejar que nuestros hijos paseen libremente por el edificio? Los pueden secuestrar y no sé de que pueden ser capaces. Vosotros mismos.
- Porque tengan un problema psicológico no significa que sean malos, hasta ahí podíamos llegar, ¿en qué nos vamos a convertir nosotros?
- La policía es la mejor solución. ¿Estáis todos conmigo?

La niña se encarga, como han podido comprobar los vecinos a través de esos visillos de la ventana, de vigilar los tres pasaportes; los abre, sonríe y los vuelve a cerrar. Un viaje imposible. Nunca podrían acceder a ningún aeropuerto, Mpya wa dunia, no existe. El tiempo pasa y nos descomponemos, piensa mientras los acaricia.

El piso está preparado. Balas de corto alcance para un posible ataque ofensivo. Primero: Insertar el cargador lleno de balas. Segundo: Fijarse en que se retrae la corredera hasta insertar un cartucho en la recámara. Tercero: Sólo con apretar el gatillo con el dedo índice se libera el diente de escape, el percutor retorna a su posición y golpea una aguja retráctil, que golpea el fulminante del culote, provocando la ignición del combustible y el posterior disparo. Cuarto: Conseguir que retroceda la corredera para expulsar el casquillo. Quinto: Estar preparado porque se puede disparar de nuevo.

Thomas dejó el trabajo hace dos meses, Zelma dejó el instituto hace uno y medio y Faber, la verdad siempre estuvo ahí, en el 3º piso de la Quinta Avenida. Zelma todos los días se sienta en una silla delante del teléfono como si esperase algún tipo de llamada, de 7 a.m. a 7:50 a.m. Cuando el teléfono suena a otra hora diferente ninguno de ellos cesa la actividad que estén realizando, simplemente han aprendido a no escucharlo. Su padre esconde sus manuscritos debajo de la cama y mira a ambos lados, teme que alguien pueda estar observándolo. Lleva escribiéndolos desde hace más de un año, en ellos se explica porqué han llegado hasta ahí, pero nosotros como lectores, no tenemos acceso a ellos.
Faber es el más tranquilo, se sienta en el sofá después del desayuno y no vuelve a levantarse hasta la hora de la cena, no entiende esa angustia que a veces se apodera del ser humano.

Los vecinos ya han avisado a la policía, en una hora, si no hay mucho tráfico, estarán ahí. Se reúnen en casa del presidente para tomar un café y que así el tiempo se les pase algo más rápido.

Thomas y Zelma deciden formar con las piezas de lego un aeropuerto imaginario en el salón de su casa, donde puedan ensayar el momento en el que entregan el pasaporte, la azafata sonríe y ellos dan las gracias, diolch.

- Buenas tardes, ¿Cómo están? ¿Me dejan sus pasaportes?
- Aquí están.
- Gracias, vaya, vienen de Mpya wa dunia, me han hablado muy bien de este lugar.
- Gracias, si.
- Aquí los tienen. Buen viaje.

Golpean la puerta con violencia, permanecen en silencio, no, no es la señora que trae la comida, ella viene a las 10:30 los miércoles y hoy es lunes. Oyen amenazas. Más voces al otro lado. Fuera. Donde todo es distinto, peligroso, donde muere la gente, donde el cielo no es azul, donde mirar a alguien te puede costar la vida. ¡El arma! ¿Dónde está? La puerta cae. La chica coge con fuerza el arma. Se acercan a ella. Un disparo.

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